Ciencia Forense: ¿cómo usar
la ciencia y la tecnología para desvelar lo ocurrido?
¿Cómo determinar si una
víctima murió por asfixia en un accidente por incendio o murió con
anterioridad? Si la sangre contiene
monóxido de carbono, con gran
probabilidad la víctima respiró los gases y murió con posterioridad al inicio
del incendio. En caso contrario, perdió la vida antes de producirse el fuego y
comenzamos a sospechar... Una ejemplo, tal vez macabro, de las pistas que
rastrean los forenses.
Siguiendo
en esta línea gore, los forenses conocen perfectamente que el proceso de
descomposición no es el mismo en el agua que en tierra. Al cabo de una semana o
más, los cambios químicos en un cuerpo hacen que el abdomen se llene de gas y
el cuerpo ascienda. Así se recuperan a muchos ahogados. Para determinar el
lugar exacto de fallecimiento se atienden a la salinidad o a indicadores tan
sutiles como las diatomeas - seres microscópicos que viven en el agua como los
dibujados a la derecha - presentes en órganos internos. Su existencia indica
que la víctima estaba viva al introducirse en el agua y proporciona indicios de
dónde ocurrió el hecho. Sorprendente de nuevo, ¿verdad?
¿Cuándo ocurrió o de quién se
trata?
Observen que en los párrafos
anteriores hemos usado conceptos procedentes de la química y la microbiología
para obtener respuestas. Ese es el espíritu de las ciencias forenses:
multidisciplina. Hace 3000 años en China se utilizaron por primera vez las
huellas dactilares como prueba de identidad personal. Desde entonces la ciencia forense y la investigación
criminal han evolucionado sin cesar. Si hay una ciencia multidisciplinar es la
forense: los antropólogos forenses estudian traumatismos y huesos, los
odontólogos analizan huellas dentales, los expertos en indicios microscópicos
obtienen información a partir de pelos y fibras, polen o tierra, los peritos en
balística determinan las armas de un crimen o los biólogos analizan sangre,
saliva o semen. Y para ello se utilizan las técnicas más modernas: PCR, electroforesis,
cromatografía o espectrometría de masas. Veamos algún ejemplo concreto más.
La determinación de la hora
de la muerte de una víctima es una información evidentemente necesaria en el
esclarecimiento de los hechos. ¿Qué argucias utilizan los forenses? El método
más seguro es tomar la temperatura interna que baja aproximadamente un grado
por hora durante las doce primeras horas. En las siguientes doce horas este
ritmo se reduce a la mitad. Por supuesto las condiciones ambientales pueden
variar esta estimación. ¡Esto es termodinámica! Otros indicios son el rigor
mortis, que aparece cuando la química del cuerpo humano pasa a un estado
ácido en vez de alcalino. Los músculos, inicialmente relajados tras la muerte,
se ponen rígidos. El proceso comienza en los párpados y baja paulatinamente
hasta llegar a las piernas. Otro indicador del momento del óbito, menos
conocido popularmente, es el livor mortis o contusiones de la muerte:
los glóbulos rojos acaban decantándose por gravedad hacia la zona corporal en
contacto con el suelo. Al romperse los glóbulos rojos, y si el cadáver no ha
sido movido, adquiere en la zona de decantación un fuerte color. Por ejemplo,
en un envenenamiento por monóxido de carbono ese color es rojo y en el caso del
cianuro es rosado. ¡Esto es bioquímica!
Y se sigue progresando científicamente en este asunto. John Coe
descubrió, hace poco, que los glóbulos rojos al desagregarse en el livor
mortis desprenden potasio a un ritmo lento y constante en el humor vítreo
del ojo. La concentración del potasio indica de una forma fiel la hora de la
muerte.
Cuando la determinación del
momento de una defunción pasa de horas a días, aún así existe la posibilidad de
estimarlo. Es una de las labores de los poco conocidos entomólogos forenses: la
presencia de cresas, crisálidas, hongos u otros insectos son indicadores
fiables. ¡Y esto es entomología! Una deducción sorprendente, ¿no creen?
¿Esta teoría científica o
herramienta tecnológica puede ser útil para desentrañar el puzzle de los
hechos? Entonces: bienvenida sea la técnica o la idea por remota que sea su
procedencia. Los especialistas forenses se sirven del mismo yeso que los
odontólogos para hacer moldes de huellas de pisadas o ruedas. ¡Y ya tenemos la
odontología presente! Si la huella está en la nieve se utilizan pulverizadores
con una cera especial que endurece la nieve lo suficiente como para extraer un
molde. Pueden deducir la forma de andar a partir de los detalles de la huella
de una pisada. Pueden extraer muchísima información a partir de las marcas de
herramientas o las huellas dentales de un mordisco en la comida. Todavía hoy
las fichas dentales contribuyen más que ninguna otra información a la
identificación de cadáveres. Aún los archivos dentales o médicos poseen
ventajas sobre las huellas dactilares o el ADN porque están mucho más
extendidos sobre la población.
La ciencia forense: una
historia de caminos que se cruzan
Toda
ciencia tiene sus problemas-mito. El origen de la vida en biología, la
hipótesis de Riemman en matemáticas o la gran unificación en física son algunos
ejemplos. La ciencia forense tiene los suyos. Jack el Destripador, famoso
asesino en la década de 1880 en los lúgubres callejones de Witechapel en el
East End de Londres, es su problema-mito más famoso: "Más de un siglo
después, escritores, investigadores y agentes de policía siguen publicando
teorías sobre los motivos y de la identidad del asesino más famoso de la
historia" escribe el forense David Owen en su libro "40 casos criminales
y cómo consiguieron resolverse". La investigación forense, llevaba sin
embargo siglos de progreso antes de los trágicos sucesos de Witechapel a
finales del siglo XIX.
Parece que los historiadores
coinciden en el lugar y fecha de nacimiento de la ciencia forense: en China
durante la dinastía Tang. En el siglo VII, Ti Yen Chieh se hizo famoso por
utilizar la lógica y las pruebas forenses para resolver crímenes. En el siglo
XIII en China se publicó un libro que explicaba cómo reconocer las señales de
ahogo o estrangulamiento, o cómo las heridas podían revelar el tipo y tamaño
del arma empleada.
La
ciencia forense debe gran parte de su arsenal de instrumentos y métodos a la
ciencia occidental de los siglos XVI a XVIII. A mediados del siglo XVII ya se
enseñaba medicina forense en varias universidades de Europa. El instrumental
que fue surgiendo progresivamente de la revolución científica fue empleado
rápidamente en la lucha contra el crimen. El microscopio, inventado por
Zacharias Jansen en 1590, el microscopio estereoscópico para dar imágenes
tridimensionales o el de comparación que alinea imágenes para cotejarlas, se
utilizaron casi desde su fecha de nacimiento en la ciencia forense.
La fotografía se usó desde
sus inicios para retratar huellas y pistas en el escenario del crimen o
detalles de heridas y sospechosos. En 1886, Thomas Byrnes, detective de New
York publicó la primera colección de "fotos de rufianes" para ayudar
a la gente a reconocer el delincuente en el caso de que fueran atracados.
En 1796, el Dr. Franz Josef
Gall, desarrolló la frenología. Dicha teoría pretendía ser capaz de describir
el carácter de una persona a través de la forma de su cráneo. La práctica fue
cayendo poco a poco en desuso hasta que en 1876 la teoría volvió con renovado
éxito de la mano de un ex-cirujano
militar. Cesare Lombroso, por aquel entonces director del Asilo de Pesaro, al
norte de Italia, publicó "L'uomo
delinquente". Tras haber estudiado más de 6.000 casos de delincuentes,
Lombroso estaba convencido de la fuerte relación entre las características
físicas y las tendencias delictivas. Así por ejemplo,
siempre
según Lombroso, los pirómanos tenían una cabeza pequeña, los salteadores de
caminos eran muy velludos y los timadores solían ser fuertes. Semejantes
correlaciones fueron tomadas muy en serio por los tribunales de la época y los
frenólogos eran requeridos como peritos en los juicios. Afortunadamente la
frenología, comentada hoy en día como ejemplo de pseudociencia, fue perdiendo
adeptos, hasta desaparecer definitivamente.
De aquellas estrambóticas
ideas, Alphonse Bertillon extrajo sin embargo algunas lecciones interesantes.
Pensó que las medidas corporales sí podían tener una utilidad: cabría usarlas
para identificar con precisión a un delincuente. Por unos desafortunados hechos
históricos las ideas de Bertillon tuvieron un escaso momento de gloria y pronto
cayeron en el olvido. Sus fundamentos no fueron retomados hasta la invención
del retrato hablado, en el que se describía una cara según sus partes: frente,
nariz, barbilla, orejas y ojos. En los años 50 del siglo pasado la técnica
quedó obsoleta con el Identikit, el Photofit y los archivos computerizados, los
modernos herederos de Bertillon.
El siglo XIX fue sin duda
revolucionario en cuanto a las ciencias forenses se refiere. Patrizi,
contemporáneo de Lombroso, diseñó el primer detector de mentiras: el guante
volumétrico. El aparato consistía en un guante de latex, que sellado a la
altura de la muñeca, registraba los cambios de presión sanguínea, supuestamente
asociados a la tensión emocional. Demostró ser muy poco fiable, pero sin duda
es el instrumento pionero de los actuales detectores y los diversos sistemas
ideados para comprobar la veracidad de las declaraciones de un interrogado.
Sistemas, sea dicho de paso, que siguen siendo poco fiables.

La reconstrucción facial de
restos óseos realizada actualmente por los antropólogos forenses es un proceso
medio científico, medio artístico. Tuvo como precursor a un anatomista suizo llamado Wilhelm His. Este
científico trabajó hace más de cien años en la reconstrucción del rostro a
partir de la estructura ósea. Su reto más famoso fue la identificación del
supuesto cráneo del compositor Johann
Sebastian Bach (1685-1750). Comparó su reconstrucción con retratos del
músico pintados mientras vivía, demostrando la autenticidad de sus restos.
El trabajo del forense
consiste en muchos casos en determinar si un arma particular ha sido la
responsable de un crimen. Un forense puede ver el desarrollo de una pelea a
través de las contusiones y de cómo y
dónde fue asestado el golpe final. Fue Henry Goddar, quien por primera vez
consiguió relacionar una bala con el arma utilizada para dispararla a través de
muescas. Desde que las ánimas de las armas de fuego disponen de las rayas
producidas por la fabricación en serie, a finales del XVIII, cada bala tiene un
dueño. Para aumentar su precisión. La vaina lleva grabados los detalles del
expulsor y del percutor. Puede incluso determinarse la distancia de un disparo
por la forma de las heridas.
Las
clasificaciones rigurosas, al estilo de la botánica o la zoología en biología,
históricamente representan el pistoletazo de salida de elaboradas subramas
científicas empleadas en los estudios forenses. Por ejemplo, hay seis grados de
quemaduras, clasificadas de menor a mayor de acuerdo con su gravedad según el
esquema propuesto por el barón Dupuytren, un cirujano francés del XVIII. O en
1815 Mathieu Orfila se conviertió en el padre de la toxicología al publicar el
libro titulado "Traité des Poisons", una clasificación de los
venenos más comunes usados por criminales. A partir de ese momento se hicieron
muchos avances. Por ejemplo, el químico inglés James Marsh, desarrolló una
técnica infalible para detectar rastros de arsénico. El arsénico es
especialmente fácil de detectar porque permanece en las uñas y en el pelo
después de la muerte. La lista de venenos manejadas por los forenses es
inacabable: cicuta, aconitina, atropina, estricnina, talio, antimonio,
arsénico, cianuro o Amanita phalloides son algunos conocidos popularmente.
Otros son rara avis como el ricino, uno de los venenos más exóticos.
Hasta el extremo de que sólo existe un caso documentado de homicidio por esta
sustancia: el del disidente búlgaro Georgi Markov.
Tiempos modernos
Desde los primeros pasos de
Marsh, las pruebas para detectar venenos o drogas se han hecho terriblemente
sofisticadas: cromatografía de gas, cromatografía líquida de alta presión o de
filtración por gel, espectrómetros de masa... Actualmente, gracias a las
técnicas de ensayo inmunológico, basadas en el desarrollo de anticuerpos que
reaccionan con las sustancias buscadas, se pueden detectar cantidades ínfimas.
Otro ejemplo de sofisticación
moderna está en referencia a los explosivos. Los explosivos, en general, se
dividen en dos grandes grupos atendiendo a la velocidad de la reacción química.
Los lentos son casi todos los explosivos con una onda de presión subsónica. Y
los rápidos producen una onda de presión supersónica, caso de la dinamita, el
TNT o el RDX. Ningún explosivo, por potente que sea, se consume totalmente en
su explosión. Siempre dejan residuos que pueden localizarse en el interior de
muebles u objetos variados por penetración. Todos los posibles materiales
absorbentes en el lugar del incidente son
sumergidos en acetona y los residuos se analizan. Con una bomba de vacío
se recogen los vapores de la superficie y se analizan con un cromatógrafo para
determinar sus componentes. Existen máquinas capaces de determinar
automáticamente e in situ tipos de explosivos tanto militares,
comerciales como caseros.
Y las matemáticas, ¿están
ausentes de la ciencia forense? Entre 1979 y 1981 Atlanta estuvo atemorizada
por violentos asesinatos de adolescentes. Wayne Williams fue condenado por
estos hechos por ... ¡la matemática! , en concreto por la teoría de las
probabilidades. En los casos de raptos, secuestros o asesinatos los
investigadores pasan una aspiradora especial para recoger todo tipo de pruebas
como pelos o fibras. Unas pequeñas fibras de color verde olivo, relacionadas
con los crímenes en este caso, condujeron hasta una fábrica de alfombras en
Dalton, Georgia. Williams, que vivía en
Atlanta, era poseedor de una de las alfombras fabricadas allí. La probabilidad
de que alguien escogido al azar en Atlanta fuera propietario de una de estas
alfombras se estimó en 1 entre 8000. Una segunda clase de fibras encontradas en
el pantalón de una de las víctimas coincidía con la alfombrillas de la
furgoneta de Williams. Las probabilidades eran para este caso de 1 entre 4000.
La probabilidad de que un individuo tuviera alfombra y alfombrillas de esta
clase alcanzaba la probabilidad de 1 entre 32 millones. Demasiada casualidad
para el jurado.
¿Recuerda
el lector como los detectives en las películas nos tienen acostumbrados a pasar
un lápiz sobre una página en blanco de una libreta para sacar a la luz lo
escrito en páginas superiores que han sido arrancadas? Los forenses emplean un
método más sofisticado. Colocan cada página de una libreta sobre una malla
electrónica y manda una carga electrostática y se aplica un tipo de tóner de
fotocopiadora. El texto sale a la luz. Incluso a través de la intensidad del
mismo se pueden ordenar las hojas de la libreta.
Las falsificaciones siguen al
orden del día. Los métodos de autentificación cada vez son más sofisticados.
Por ejemplo, la filigrana de un documento que pasó por ser un manuscrito
original del poeta inglés lord Byron permitió demostrar que el papel había sido
fabricado en 1834, diez años después de la muerte del poeta. Con la llegada de
los ordenadores, las particularidades de las máquinas de escribir mecánicas se
han perdido y uno de los indicios más novelescos queda reservado para las
historias. Las impresoras de inyección a tinta o las impresoras láser no
presentan disimilitudes entre ellas. Deben buscarse otras formas de relacionar
al autor con un documento. Localizar los ficheros en el disco duro de un
ordenador a pesar de que hayan sido eliminados por el autor es tarea de los
nuevos forenses informáticos. Nuevos tiempos, nuevos criminales, nuevas
técnicas forenses.